Curro Vázquez, medio siglo de torería

El maestro de Linares cumple 50 años de alternativa el próximo 12 de octubre, pero sorprende que no le hayan rendido los honores que merece en la madrileña plaza de Vistalegre, en la que se doctoró; ni en Las Ventas, donde actuó más de cien veces; ni en Linares, donde nació y se aficionó a los toros. La naturalidad y el sentimiento marcan la diferencia en su concepto.

Un trincherazo tan hondo como profundo de Curro Vázquez en Las Ventas. Foto: Archivo.

Hoy se cumplen 50 años de la alternativa de Manuel Antonio Vázquez Ruano, Curro Vázquez en los carteles de las ferias y en la memoria de los aficionados. El año 1969 y la plaza carabanchelera de Vistalegre -ahora convertido en un coso multiusos plagado de mítines- fue clave para que ese niño rubio que citaba con un trapo a las vacas lecheras que paraban en un abrevadero cercano a su casa de Linares dejara su huella en la historia del toreo.

Un 20 de abril debutó con caballos y un 12 de octubre del mismo año, con tan solo nueve meses en el escalafón menor y 54 novilladas, cumplió el sueño de convertirse en matador de toros, esa ilusión tan anhelada del “tapia” que en los años 60 se escapaba de los Jesuitas para ir a los tentaderos tras aficionarse gracias a su padre, Don Sixto, ebanista de profesión que también intentó con ser torero.

El joven espada, con tan solo 17 años, acabaría doctorándose en un mano a mano con José Fuentes, torero de Linares, frente a una fuerte corrida de Barcial, pero la composición de este cartel tuvo su intrahistoria: como padrino de la ceremonia se pensó en Antonio Bienvenida, pero no quiso volver tras su retirada; también en Paco Camino, pero desestimó la opción; y Curro Romero, que también estaba inactivo pero sentía admiración por el joven torero, acertó aunque se quitó cuando la corrida prevista de Cunhal Patricio fue rechazada por los veterinarios y entró un serio encierro del encaste Vega-Villar, cargado de kilos y con trapío.

El Pipo, propulsor de El Cordobés y apoderado de los dos toreros linarenses que finalmente configuraron el cartel, trató, sin suerte en su esfuerzo, de que Curro Vázquez no hiciera el paseíllo ese día ante los vaivenes de corrales. Finalmente, ataviado con un terno blanco y plata, el espada de Linares tomó la alternativa con “Batanero”, un berrendo en colorado que hirió gravemente al toricantano en el inicio de muleta y, desafortunadamente, pasó los primeros días como torero de alternativa en el Sanatorio de Toreros -refugio taurino que tumbó la Seguridad Social- de la calle Sancho Dávila junto a otros matadores como Serranito, Dámaso González o El Colombiano.

Curro Vázquez tuvo fama de torero artista e inspirado, aunque nunca llegó esa faena que enamoró a la Maestranza. En cambio, sí que fue un torero de Madrid, donde el valor de la fidelidad y el respeto a las formas clásicas de torear devolvieron al aficionado a épocas antiguas del toreo. El inicio de la crónica de Joaquín Vidal la tarde de 1989 en la que salió en hombros de Las Ventas por segunda vez en su carrera da la talla de su tauromaquia: “Una cosa es torear y otra pegar pases, decían los apóstoles de la tauromaquia y creían que ya lo habían dicho todo sobre el toreo. Pero les faltó matizar que, además, una cosa es el toreo de ir por casa y otra el toreo grande, que lleva firma. El toreo de firma no lo hace quien quiere sino quien puede, y uno de los que pueden es Curro Vázquez”.

Javier Villán, que publicó un libro sobre Curro Vázquez en 1995 titulado “Sombra iluminada”, escribió en su crónica de El Mundo el 16 de mayo de 1994 que “ayer Curro toreó en relieve. Fue un torero de tres dimensiones: el relieve de la pasión, la anchura de la fantasía y la altura de la geometría. La primera tanda de naturales fue la demostración de que la escultura es delimitación de perfiles en el vacío, más que la concreción de la materia; que el toreo es un teoría en movimientos y silencios mediante los cuales se descubren las formas abstractas que vagan por el aire”.

El maestro es un torero sin fecha de caducidad, con la difícil facilidad de torear tan natural, tan despacio y tan sentido con un concepto fraguado en Los Alburejos, la finca de Torrestrella, en la que conoció a matadores de toros de primer nivel como Rafael de Paula, que iba acompañado de su suegro Carnicertio de Málaga -amigo íntimo de Manolete-; Paquirri o Manolo Cortés. Curro también observaba a Rafael de Paula entrenar y le llamaba la atención la forma en que cogía los trastos el torero gitano del barrio de Santiago o cómo adoptaba fondo jugando al tenis. En el propio Jerez también vio, en la clandestinidad de los palcos, cuajar un toro, lidiado a puerta cerrada, a Antonio Ordóñez. Con estos mimbres históricos, Vázquez construyó su concepto y los aficionados, en sus inicios, manifestaban que su toreo recordaba al de Ordóñez y tenía cierto aire al de Paco Camino.

Por otro lado, en la plaza de toros de València, los cronistas antiguos escribieron que no fue una plaza talismán, pero para la historia quedará su faena en el festival homenaje a Paco Gázquez, Curro Valencia, y la concesión de la alternativa a José Calvo un 12 de marzo de 1997.

Asimismo, sorprende que no le hayan rendido los honores que merece en la madrileña plaza de Vistalegre, en la que se doctoró; ni en Las Ventas, donde actuó más de cien veces; ni en Linares, donde nació y se aficionó a los toros; pero el nombre de Curro Vázquez todavía revolotea en la memoria del aficionado cuando el concepto clásico del toreo sale a la palestra de la misma forma que se resiste al paso del tiempo su última tarde vestido de luces Vistalegre. Cualquier tiempo pasado fue mejor.

Jaime Roch

(Artículo publicado en el periódico LEVANTE-EMV en la edición de papel de 06.10.2019, Valencia)