El alma de Pablo Aguado

La muñeca de Pablo Aguado marcó el ritmo y la largura de su toreo en la Maestranza, un concepto amasado a base de sentimiento, valor y seguridad. El sevillano brindó una alquimia luminosa de vibrantes sucesiones de espejismos que recordaron al pasado y cortó una oreja que pudieron ser dos frente a los torrestrellas. La torería ordena su mundo de esa esencia misteriosa que el tiempo se empeña en desvelar: su futuro. Cuando conversamos con él en 2015 en el Mesón del Serranito de la calle sevillana Antonia Díaz, ya lo tenía claro: “Intento torear con el alma para ser distinto”, afirma.

Pablo Aguado en la glorieta Curro Romero. Foto: Javier Comos.

¿Qué tiene Sevilla que da tantos toreros?
Su ambiente incita a ser aficionado pero para ser torero hay que tener algo más que pasión por los toros. De pequeño toreaba con mi hermano de salón y a los diez años, como regalo de comunión, toreé mi primera becerra. Mis padres me pusieron como condición para ser matador de toros tener una carrera universitaria (Administración y Dirección de Empresas), algo que me ha aportado madurez tanto personal como profesional.

 

¿En qué concepto profundizas?
Me gusta torear como se ha toreado toda la vida. Lo único que diferencia a todas las personas en el planeta es el alma, por eso, intento torear con el alma para ser distinto sin olvidarme de la técnica, parte esencial del toreo. Hay que tener una técnica instintiva. Sin técnica no puedes dar un muletazo y sin el muletazo no puedes sacar el alma. A veces, hay que tirar de raza y de orgullo para darle color a lo que se hace si el toro no acompaña.

 

Hablemos de la entrega…
La entrega en el torero es salir ha darlo todo, arriesgar, buscar la pureza. La pureza consiste en entregar la vida al toro. Hoy en día no se torea con esa pureza clásica que tenían los matadores de antaño. La gente quiere el muletazo largo y la ligazón. También se puede torear con pureza y ligando, pero hay que querer y tener mucho valor porque hay situar la pierna en el camino del toro.

 

¿Y el valor?
El valor se compone de seguridad, confianza y querer ser torero. Creo que miedo al toro tenemos todos, por eso, a lo largo de la carrera se puede ganar y perder valor. Hay miedo escénico y miedo físico. El escénico es mayor por la responsabilidad profesional, por el fracaso. El miedo físico aparece en el patio de cuadrillas y te bloquea la mente.

 

¿Cuál es el mejor toro que has visto? 
Tengo un gran recuerdo de “Zurcidor”, de Torrealta, lidiado en Sevilla por El Juli. Fue bravo en toda la extensión de la palabra porque el toro lo tenía todo. Vi que era difícil estar delante de él, por eso me impactó.

 

¿Qué le pides a los animales?
Por encima de todo, me gusta que trasmita, que no hay que confundirlo con movilidad porque es emoción, repetición; es decir, un toro con motor pero con temple.

 

¿Qué te ha decepcionado del mundo del toro?  
No he tenido muchos desencantos hasta ahora pero me dicen que hay mucha falta de palabra, de formalidad entre los profesionales. Creo que le damos demasiada importancia a ese tipo de cosas porque el fallo de unos pocos no es el fallo de todo el sector taurino.

 

¿Es justo el toreo?
Sí, mi deber como torero es hacer que la gente salga con ganas de volver, crear interés e ilusión. Cuando eso ocurre, el público y las empresas dan respuesta a lo hecho. Estoy seguro.

 

¿Te sientes artista?
Claro, creo que todos los toreros se deben de sentir artistas. El toreo es un arte y cada uno tiene la capacidad de expresarlo como lo siente. El arte es la forma en que se saca lo que se lleva dentro. La torería y el arte están muy unidas, son cualidades innatas que da Dios.

 

¿Qué toreros te han marcado?
Curro Romero porque era distinto, puro sentimiento, paraba el tiempo con las manos meciendo el capote. Ese empaque natural que tenía con la muleta componía y convertía el muletazo en un monumento. Había un romanticismo y un alboroto difíciles de ver hoy en día en las plazas de toros. También Morante porque es la perfección técnica escondida en el arte. No sé si éste  es el sucesor de Romero pero cuando torean vuelven loco al personal. Son dos toreros que como aficionado me gustan mucho, pero como profesional bebo de todos los matadores y suelo ver videos de José Miguel Arroyo, “Joselito”, por la elegancia y la pureza con hace el toreo.

Jaime Roch

(Entrevista publicada en el primer número de la revista LA LIDIA en la edición digital de octubre de 2015, Valencia)

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