Gran dimensión de Javier Jiménez

Máxima expectación. La tarde tenía dos nombres propios, el de Ponce y el de Javier Jiménez. El primero, reaparecía con el tórax amoratado 37 días después de la tremenda paliza que el toro de Victoriano del Río le infirió en Fallas y el segundo, tomaba la alternativa en el templo del toreo del cual pudo salir en volandas si hubiera enterrado el acero a la primera. Completaba la terna El Cid, que pasó por Sevilla sin pena ni gloria. Tres cuartos de plaza contemplaron un encierro de Juan Pedro Domecq- Parladé bajo de raza y de casta, pero con calidad en las embestidas.

El nuevo torero de Espartinas pudo cortar una oreja con el toro de la ceremonia, de nombre Duque, que tuvo flijeza, nobleza y justo de fortaleza. Muy seguro, tranquilo, dispuesto y firme toda la tarde, rivalizó en quites con su padrino Enrique Ponce. El de Espartinas quitó por tafalleras llenas de quietud, el de Chiva replicó a pies juntos por delantales y Jiménez respondió por templadas chicuelinas. Brindó a su padre, administró a su antagonista y lo muleteó con firmeza y temple pero hizo guardia en la estocada y estropeó una buena faena, de oreja. Recibió una cariñosa ovación. Sí que la cortó con el que cerró plaza donde demostró la madurez que contiene su toreo. Toreó despacio a la verónica y brindó la faena al público. Dio tiempo y distancia y cimentó la faena por el pitón derecho, donde el burel tenía más recorrido. Dibujó derechazos de mano baja, largos y templados. Hubo torería en los cambios de mano y pases de pecho de la firma, a la hombrera contraria. Cuanto más bajaba la mano, mejor embestía el toro. Mató al segundo intento de una estocada certera. Y la afición, entrada a él, le pidió la oreja.

El de Chiva, ataviado con un terno gris plomo y oro, dejó las gotas de más calidad de la tarde. Ocurrió en el cuarto, de nombre Gracioso, castaño bragao al que Ponce saludó con lances erguidos y genuflexos que arrancaron los olés de la Maestranza. Administró notablemente al animal y éste respondió con celo y clase. En los primeros compases de la labor el toro enterró los pitones en el albero y flojeó pero nunca perdió la voluntad de emplearse. Acabó apagándose. Hilvanó muletazos con un gran trasfondo técnico plenos de oficio. Siempre a media altura y atesorados de suavidad. Sobre todo por el pitón izquierdo, donde plasmó naturales largos y templados. Rubricó la faena con un estocada. Con su primero, un toro atacado de quilos y noble, el cual el de Chiva le consintió y lo toreó aculado a tablas, imprimiendo en la labor muletera suavidad y gusto. Dos golpes de descabello remendaron la estocada.

El Cid poco pudo hacer en su lote, de nula transmisión. Toreó largo al natural en su primero y vertical en su segundo. Tirando de sus enemigos, pero poco sacó de un poco que no tenia agua.

 

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