Paco Honrubia, torero de escuela

El 24 diciembre de 2017 se cumplieron tres décadas de la muerte de uno de los mejores banderilleros que ha criado València. Francisco Rabadán Honrubia nació en Albacete pero siempre se consideró de la Malvarrosa y fue un espectáculo con las banderillas. Su recuerdo reside en su personal estilo y su legado perdura. Dámaso González y Luis Francisco Esplá recuerdan al importante rehiletero

Honrubia (derecha) sale a hombros junto a Dámaso González (izquierda) y El Capea (centro). Foto: Archivo.

Bajo las luces de Navidad urge atrapar el tesoro que constituyó la tauromaquia de Paco Honrubia para València. Hoy, día de Nochebuena, se conmemora el treinta aniversario de su muerte tras lidiar con el cáncer de estómago. Los años hacen olvidar en la memoria el nombre de Honrubia pero la huella que ha dejado su diluida identidad de banderillero sobrevive al tiempo aunque no aparezca en los carteles que anuncian las ferias.

Asomarse a su figura da confianza para superar la mezquina realidad que sufre una fiesta taurina atiborrada de intereses. Bohemio y soñador, se enfrentaba al toro con la capacidad del acierto impreciso que trae un viaje sin provisiones. En cada par de banderillas ponía el corazón justo en el punto donde podía perderlo. Un destello súbito y violento. Una dignidad torera y hermética de contaminación. Esencia y decencia. Un hombre que vivió de su propia vida torera. La afición no solo se entusiasmó con la valentía del subalterno, también lo hizo con su apostura o magnetismo personal, ese que absorbió de Rafael “El Gallo” en las calles de Sevilla. Honrubia adoptó y condensó en un solo crisol la tauromaquia de Blanquet -hombre de confianza de Joselito “El Gallo”-, Morenito de Valencia, Alfredo David o Alpargaterito. Un poder que marca la torería.

La última conversación que entablé con Dámaso González -que falleció en agosto de este año- fue sobre Paco Honrubia, con quien salió a hombros el 21 de mayo de 1978 en la corrida de la Prensa de València tras una sensacional actuación: “Esa tarde se olvidó de todo y solo tuvo en la mente lo que iba a hacer con las banderillas. Salió por la puerta grande con nosotros con una cara de satisfacción y de felicidad que se mezclaba con su fuerte carácter por superarse cada día en la suerte” afirmó el torero. El maestro de Albacete recordó al subalterno con “esa personalidad tan difícil de igualar, propia de los grandes toreros” y también definió el par de banderillas de Honrubia: “Hacía la suerte despacio, andando de lado con paciencia para ganarle la cara al toro y cuando éste arrancaba y Paco veía que era el momento, bajaba los brazos y luego levantaba el par de banderillas entre medio de los pitones, muy entregado, se quedaba en el aire, clavaba y salía de la cara apoyado en las banderillas. Se marchaba del par andando igual que lo iniciaba, como si mostrara la felicidad de la suerte bien realizada”, concluyó.

Honrubia destacó porque banderilleaba abandonado a la técnica y con la confianza de sus conocimientos en los terrenos y en el toro, eso le aportaba una fragilidad a la suerte única” Luis Francisco Esplá

Luis Francisco Esplá, matador de toros que practicó con genialidad la suerte de banderillas, rememora para este periódico a Honrubia como “un subalterno con una pureza extraordinaria”. “Paco destacó porque banderilleaba abandonado a la técnica y con la confianza de sus conocimientos en los terrenos y en el toro, eso le aportaba una fragilidad a la suerte única”, manifiesta el torero alicantino. “A partir de Honrubia todos los valencianos hemos estado condicionados por él para torear, desde Montoliu y Capilla hasta la actualidad”, sentencia Esplá sobre la escuela que creó y el espejo de toreros que supuso.

Paco Honrubia llegó a tomar la alternativa en Ciudad Juárez (México) de manos de Curro Ortega pero pronto cambió el oro por la plata y su figura se agrandó. El matador de toros Ricardo de Fabra fue con el que más tardes toreó y junto a Eliseo Capilla, otro buen torero de plata valenciano, compitió y se complementó. Muestra de ello fueron las Fallas de 1979, donde ambos saludaron desde el tercio montera en mano al conjugar elegancia y sabiduría con las banderillas frente a un sobrero de Montalvo que se quedó sin picar y que corneó a su jefe de filas. El peón estuvo ejerciendo de profesor de la Escuela de Tauromaquia de València hasta el último momento de vida. Su misión fue la de enseñar y su orgullo, la escuela de banderilleros. Sus huellas tienen hoy la ilusión de los sueños en los que empiezan.

Jaime Roch

(Artículo publicado en el periódico LEVANTE-EMV en la edición de papel de 24.12.2017, Valencia)

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